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Juan Arana Cañedo-Argüelles (San
Adrián, Navarra, 1950). Con respecto a la filosofía Juan
Arana es una vocación tardía. Ni las
inquietudes de la adolescencia ni los estudios de bachillerato le animaron
a considerar la posibilidad de hacerse filósofo. Sólo después
de llegar a una escuela de ingeniería (integrada aún en
la Universidad Complutense de Madrid) en plena efervescencia del 68 se
produjo un vuelco tan completo en sus horizontes mentales, que decidió iniciar
un nuevo rumbo a partir de cero. «Hasta dónde puedo recordar,
el primer detonante de mi conversión a la filosofía fue
una frase ocasional pronunciada por un compañero de curso en la
cafetería de Caminos allá por 1969: “¡Jo,
macho: me han dicho que Nietzsche no pudo ser feliz porque tenía
demasiado ácido láctico (sic) en el cerebro!”» Así pues,
entre las muchas razones que pueden llevar a la vida especulativa, Arana
escogió una de las peores: la urgencia de resolver problemas personales,
la búsqueda de asideros para encauzar su propia biografía.
Es la motivación más alejada de la canónica búsqueda
desinteresada del saber, la menos asimilable a la curiosidad meramente
teórica. No obstante, el caso queda dignificado hasta cierto punto
por el momento histórico en que se produjo: «Tengo la impresión
de que, dejando aparte majaderos, doctrinarios y obcecados, casi todos
los de mi generación sufrieron una crisis parecida: el mundo de
las creencias tradicionales se deshacía ante nuestros ojos como
el papel en una hoguera. Ya no servían las seguridades de nuestros
mayores e intentábamos desesperadamente encontrar otras. En el
colegio mayor Aquinas de Madrid, donde residí año y medio,
eran bastantes los que sufrían aquella agonía. Hablando
en general, no hemos sabido resolver el problema y ello explica, creo,
mucho de lo que hoy ocurre.»
En enero de
1970 Arana regresa a su provincia de origen y empieza a cursar por libre la carrera
de filosofía y letras en la Universidad de Navarra, obteniendo la licenciatura
en 1974. «Mi formación humanística era más que deficiente
y apenas llegué a tapar las lagunas más notorias. Por lo que concierne
a la filosofía, me sentí incómodo por la forma especializada
y autárquica en que solía exponerse. Conquistó mi respeto
pero no mi adhesión la seriedad de los planteamientos aristotélico-tomistas
que defendía el profesor García López. Me atrajo el desenfado
discretamente escéptico del profesor Pérez Ballestar, con quien
llegué a proyectar una tesina sobre Ernst Cassirer. Pero el hecho más
decisivo de aquellos años fue el encuentro con el profesor Leonardo Polo.
Nunca he sido capaz de descifrar por completo las profundidades de su pensamiento
y he tenido que conformarme con retazos aislados del magisterio que impartía,
con los que sin embargo consideré ampliamente pagados mis esfuerzos. Lo
más fascinante de él era el pathos vital que encarnaba.
Tras escucharle era imposible cuestionar que la indagación filosófica
fuera algo importante y genuino. No puedo considerarme su discípulo en
ningún punto sustantivo, pero he aprendido de él algo más
importante que una doctrina: el ejemplo de una existencia consagrada de lleno
al empeño teórico, la convicción de que es una apuesta vital
que merece la pena.»
En diciembre
de 1975 Arana se incorpora como encargado de curso y becario de investigación
a la Universidad de Sevilla, donde se había empezado a implantar la licenciatura
de filosofía pura. Trabajó bajo la dirección de Jesús
Arellano. «Con el profesor Arellano me ha ocurrido hasta cierto punto
lo mismo que con el profesor Polo: la sintonía no se ha producido en el ámbito
de los contenidos sino en el de las actitudes. Siempre admiraré la de
dedicación de Arellano cuando atendía a los alumnos, su decisión
inquebrantable de unir lo que se piensa con lo que se hace. Estaba situado en
las antípodas de lo que sabemos, por ejemplo, de Max Scheler. Puesto que
la filosofía no sirve para hacer cosas, si tampoco es apta para
modular la existencia humana —empezando por la propia—, entonces
no sirve absolutamente para nada.» Arana intervino activamente en la creación
de la actual facultad de filosofía de la Universidad de Sevilla, desempeñando
diversos cargos administrativos e impartiendo toda clase de asignaturas. «Los
egresados en la década de los 70 han conocido unas circunstancias singulares
a la hora de incorporarse a la Universidad. Antes y después de esta época
la dificultad siempre estuvo en obtener un puesto vacante, para lo que era y
es preceptivo reunir grandes méritos académicos y de investigación.
En cambio, la explosión demográfica de los 50/60 provocó dos
décadas después un crecimiento exponencial de plazas provisionales,
que fueron cubiertas deprisa y corriendo. Esto nos dio a muchos la oportunidad
de oro, pero también hipotecó nuestros currícula: en
los años que debiéramos haber salido al extranjero, aprendido el
oficio de investigador, establecido conexiones académicas, publicado según
el estándar más deseable, estábamos preparando y explicando
nuevos programas cada año, atendíamos avalanchas de alumnos apenas
más jóvenes que nosotros, llevábamos el peso administrativo
de los departamentos y las facultades. Los servicios prestados sirvieron
luego para obtener ciertas ventajas en los concursos de provisión de plazas
fijas, lo que dio lugar al tapón que obstaculizará la
renovación de la Universidad hasta el año 2020. Para los que no
nos conformamos con ser simples funcionarios esto supuso una tensión
añadida: hemos tenido que luchar contra la tentación permanente
de arrojar la toalla.» Estamos, en efecto, ante un caso representativo:
durante el período 1975-1982 Arana compatibiliza la dedicación
universitaria con cuatro años de desempeño profesional en enseñanza
media (gana las correspondientes oposiciones en 1977), así como con la
elaboración de la tesis y los balbucientes inicios de una carrera investigadora.
En 1982 consigue ingresar como profesor adjunto numerario de universidad (historia
de la filosofía). «Cuando conseguí la anhelada estabilidad
profesional, tenía clara conciencia de que mi formación era manifiestamente
mejorable. Decidí que, aunque tal vez demasiado viejo, debía salir
fuera, estudiar en serio, mejorar mis conocimientos instrumentales. Debo todo
lo que conseguí al apoyo de mi mujer, cuya propia promoción académica
se retrasó de modo apreciable por ello.»
Arana obtiene
en 1984 una beca Humboldt que le permite trabajar durante 15 meses en Mannheim,
Münster y Erlangen. Más tarde realiza estancias prolongadas en Friburgo,
Maguncia, Münster, Munich y Berlín, con el apoyo y asesoramiento,
entre otros, de los profesores Kaulbach, Inciarte y Saame. Durante el curso 1992-93
trabaja como profesor invitado en la Universidad de Paris IV, teniendo como anfitrión
al profesor Grimaldi. En 1986 gana la cátedra de filosofía de la
naturaleza de la Universidad de Sevilla, en la que permanece hasta hoy.
En lo tocante
a orientaciones doctrinales y métodos, Arana debe ser considerado un autodidacta.
Lo que entiende por filosofía no ha sido aprendido de maestros o escuelas;
resulta de la decisión de consagrarse a ella por sentirse insatisfecho
con los estudios científico-tecnológicos y verse afectado por el
desmoronamiento de los valores culturales heredados. La convicción que
unifica su trayectoria intelectual es que el filósofo no es alguien
que cultiva una disciplina particular, o que elabora un tipo diferenciado de
conocimiento, o que adopta ante los problemas una postura específica —llamémosla
teorética— encaminada a solucionarlos «a su aire», según
hechuras exclusivas. «Defiendo que filósofo es el que no mediatiza
su búsqueda con particularismos, el que no desdeña ninguna respuesta
plausible, pero tampoco se aquieta mientras atisbe la virtualidad de encontrar
otras.» Según esto, la filosofía no es un saber entre otros
saberes, sino el propósito insobornable de integrar todos ellos en
la síntesis más amplia posible. Frente a los que la distinguen
con minuciosidad de la ciencia, la literatura, el arte o la religión,
Arana se suma a los que prefieren contaminarla con todas las aportaciones capaces
de enriquecer nuestro exiguo acervo cognoscitivo. Su ideal no es la filosofía pura,
sino la indagación mestiza. Lo cual conlleva un indudable
riesgo de caos intelectual. Para conjurarlo Arana elige el método y
la razón, no tanto para defender las fronteras de la filosofía
frente a ingerencias extrañas, cuanto para tratar de mantener el mínimo
orden indispensable en este reino de puertas abiertas. Las ideas clave de este
proyecto son interdisciplinariedad e integración orgánica. De
ahí la escasa inclinación que siente hacia corrientes que considera
(habría que discutir si con justicia) demasiado encerradas en especializaciones
restrictivas, como la filosofía analítica, la fenomenología o
la hermenéutica, así como su rechazo de planteamientos
que practican el desmembramiento quirúrgico de los sistemas teóricos,
como —por ejemplo— los que defienden que la metafísica de
Aristóteles no tiene nada que ver —y por tanto puede sobrevivir
a— su física (Arana mantendría probablemente que es más
plausible que sobreviva el espíritu aristotélico encarnándose
en una metafísica y una física renovadas).
Se trata,
en definitiva, de ser fiel a la vocación omnicomprensiva que caracterizó la
filosofía desde Tales hasta Kant. No es casual que el primer artículo
publicado por Arana verse sobre Wolff, el último filósofo enciclopédico.
Más que encomiar sus indudables méritos intenta diagnosticar las
causas de la agonía de la tradición que representa. También
es revelador que su tesis doctoral se centre en el problema de la unidad del
conocimiento durante los siglos XVII y XVIII (es una tesis que en gran parte
y con buen criterio ha quedado inédita). Entre 1975 y 1985 la investigación
de Arana gira alrededor de la figura de Kant. «Mientras que un amplio sector
de la filosofía posterior se elabora a espaldas de la ciencia, Kant detectó la
importancia de lo que Galileo, Newton y otros habían conseguido realizar
y concluyó que era menester dar razón desde el terreno de los principios
de aquel nuevo estilo de filosofar, así como extraer las consecuencias
oportunas con respecto al viejo estilo. Lo lamentable es que el grandioso
proyecto de Kant se saldara con un rotundo fracaso, del que no hemos sabido reponernos
todavía. Aquí está la raíz del divorcio entre ciencia
y filosofía. De todos modos, el personaje me sigue atrayendo y no lamento
haberlo tenido como refugio durante diez años cuando lograba hurtarme
a las frustrantes obligaciones político-administrativas.» Aquel
trabajo dio lugar a varios artículos, el libro Ciencia y metafísica
en el Kant precrítico (1982) y la edición comentada de los Pensamientos
sobre las fuerzas vivas (1988).
La atención
de Arana pronto quedó centrada en la etapa precrítica de Kant,
porque es entonces cuando el filósofo intenta sin desmayo —pero
infructuosamente— hacerse cargo de los resultados y posibilidades de la
nueva física matemática y ensaya varias fórmulas para filosofar
en diálogo con ella. La Crítica de la razón
pura constituye —en opinión de Arana— un intento de demostrar
que lo que Kant no ha conseguido, no lo puede conseguir nadie. Sin embargo, el
filósofo alemán tampoco había partido de la mejor situación
concebible para efectuar la crucial tarea que abordó: su metafísica
y —lo que es más grave— su gnoseología estaban demasiado
condicionadas por Wolff, mientras que el conocimiento que tenía de la
cosmología, física y matemáticas de la época era
francamente deficiente. En un exhaustivo comentario (que ocupa 290 páginas
de las 476 del libro) a su traducción de la primera obra kantiana, rastrea
Arana las raíces de la formación físico-matemática
del pensador prusiano para determinar los límites de su aptitud como científico
y filósofo de la ciencia. Las conclusiones son pesimistas: Kant no sólo
ignoraba aspectos cruciales de la investigación y los métodos de
cálculo, sino que se formó una imagen de la ciencia muy mediatizada,
influida en puntos decisivos más por Descartes y un Leibniz wolffianizado
que por Newton. De ahí la idea de una física pura como
saber apodíctico, patrón forzado al que pretende someter la metafísica
en la elaboración definitiva de su sistema. «Con una ingenuidad
que hoy me enternece, traté de hacer valer mis argumentos en algunas reuniones
de intérpretes del kantismo. Descubrí con asombro que a casi nadie
importaba un bledo aquellas deficiencias del primer Kant. Todos estaban encantados
con la opulencia especulativa y arquitectónica de su obra posterior. Así que
olvidé mis sueños de revoluciones hermenéuticas y publiqué sin
alharacas mis libros —el principal de los cuales no creo haya sido leído
por más de media docena de personas—, dándome por satisfecho
con la luz que su redacción me había aportado, sin olvidar la ayuda
que me prestaron en la obtención de una cátedra.»
Es interesante
tener donde sentarse, pero permanecer demasiado tiempo sentado puede resultar
tedioso. Ahondar en las raíces del proceso histórico de separación
entre ciencia y filosofía demostró ser en el caso de Arana rentable
desde el punto de vista académico y perfectamente irrelevante a la hora
de contabilizar repercusiones. «Estudiar a Musschenbroek, Haller, Bernoulli,
Lambert o 'sGravesande no es la mejor forma de hacerse famoso en el ámbito
intelectual hispánico. Pero lo que había detrás de todos
esos nombres obscuros me interesaba y quise darme el lujo de consagrarles algunos
de mis mejores años.» Convencido de que la propuesta kantiana cierra
el paso a cualquier planteamiento fructífero de las relaciones ciencia-filosofía,
busca en otros autores de la época alternativas más prometedoras,
primero en el siglo XVIII y más tarde en el XVII. Esta orientación
es prioritaria en su trabajo durante los años 1989-1999. Resultan de ello
un par de decenas de artículos y traducciones, así como tres monografías: Apariencia
y Verdad. Estudio sobre la filosofía de P.L.M. de Maupertuis (1990), La
mecánica y el espíritu. Leonhard Euler y los orígenes del
dualismo contemporáneo (1994) y Las raíces ilustradas
del conflicto entre fe y razón (1999).
«Escribir
sobre Maupertuis ha sido la experiencia intelectual más gratificante de
mi vida: descubrí que quien determinó la forma exacta del globo
terráqueo, la persona que propició el triunfo definitivo de la
física newtoniana en el continente, el responsable de la entrada de la
Ilustración en Alemania, fue también un pensador integral, un cultivador
del sentido prístino de la filosofía inmediatamente antes de que
Kant lo arruinara quizá para siempre. Me interesó mucho el hecho
de que, siendo un empirista tan radical como Hume, encontrara no obstante la
forma de elaborar una ética, una metafísica y hasta una teodicea.
Evitó el callejón sin salida de las certezas incontrovertibles
y exploró con toda seriedad una epistemología del riesgo, que
me sigue pareciendo el único camino prometedor para romper el punto muerto
en que se halla la filosofía. Cuando acabé el libro estaba tan
contento que me consideré amortizado como inversión y decidí emprender
un safari fotográfico en Kenia.» En el índice de esta obra
se emparejan y contraponen disciplinas poco acostumbradas a dialogar entre sí:
matemática y teoría del conocimiento, astrofísica y epistemología,
mecánica y metafísica, biología y ética...
El libro sobre
Euler explora en cambio el mundo de las controversias dieciochescas, la insatisfacción
creciente de los científicos por la evolución de una filosofía
que les ignoraba y se alejaba cada vez más de las inquietudes básicas
del hombre. «Los filósofos profesionales empezaron a encerrarse
en las universidades o a cultivar de modo exclusivo los centros de poder que
controlan la difusión del pensamiento. Entre los científicos la
llama filosófica arde por un tiempo de un modo más cabal, hasta
que la especialización y la prepotencia acaban también por apagarla.
Simpatizo con Euler debido al hecho de que se jugó su prestigio y carrera
por combatir una filosofía que creía equivocada (la de Wolff),
y me asombra su logro de conseguir que se hablara de las mónadas hasta
en los cuerpos de guardia y los salones elegantes.»
El signo más
evidente de la ya incipiente decadencia de la filosofía es su pérdida
de peso específico en la contraposición de razón (cada vez
más monopolizada por la nueva ciencia) y fe (dejada como patrimonio exclusivo
de los espíritus piadosos). El libro sobre el debate religioso de la época
llama la atención sobre las líneas maestras de una controversia
que en muchos aspectos estaba más viva en la calle que en los medios eruditos. «Suele
decirse que el XVIII es el siglo de los filósofos, pero los filósofos “oficiales” estaban
demasiado ocupados en llamar la atención sobre sí. Me parece que
sería más justo llamarlo el siglo de la filosofía,
porque muchos que no eran filósofos de oficio la vivían con una
pasión y sinceridad que merece la pena redescubrir leyendo escritos olvidados
de aquel tiempo.»
El término
natural de este proceso de vuelta atrás para buscar los gérmenes
de la fragmentación intelectual de la cultura occidental está en
el Barroco. «Ya había estudiado a Galileo, Descartes, Newton y Leibniz
en la tesis. Pero tras examinar más a fondo la época de la Ilustración
la importancia del pensamiento leibniziano me pareció agigantarse. No
solamente fue el último hombre de un saber y creatividad sin restricciones:
es quien más en serio ha planteado nunca las relaciones interdisciplinares
y el único en otorgar a la palabra cosmopolita un sentido transuniversal y
no meramente planetario.» Arana realiza una edición de
sus Escritos de dinámica (1991) y publica varios trabajos sobre
el pensador sajón y otras figuras de su tiempo. Es llamativo el contraste
que se da en estos trabajos: se ha ocupado preferentemente de los grandes del
siglo XVII, mientras que en el XVIII prefiere fijarse en líneas truncadas,
proyectos que no llegaron a fraguar o que carecieron de proyección ulterior.
Es como si pensara que a un siglo de promesas siguió otro de oportunidades
perdidas. En todo caso, está claro que Arana nunca ha sido un historiógrafo,
aunque se haya entretenido con lo que algunos considerarían minucias históricas. «Para
ser un erudito cabal me falta rigor y me sobra impaciencia. Siempre he buscado
en la historia soluciones o vías para solucionar el enigma que me plantearon
en un bar cuando tenía 19 años.»
Desde el año
1999 Arana ha dejado de centrar sus trabajos en el binomio Leibniz-Kant para
buscar horizontes más amplios sin dejar por ello de ceñirse
a las líneas maestras de su proyecto filosófico. Ya desde el año
1992 había iniciado una línea paralela de investigación
sobre las relaciones entre filosofía y literatura, en la que destaca la
atención prestada a Jorge Luis Borges, sobre quien ya ha publicado más de una docena de artículos y dos libros: El centro del laberinto: Los
motivos filosóficos en la obra de Borges (1994) y La eternidad
de lo efímero. Ensayos sobre Jorge Luis Borges (2000). También
ha tratado otros escritores, especialmente hispanoamericanos, como Octavio Paz
y Nicolás Gómez Dávila. «Hubiera sido tonto volverme
a la literatura tan sólo para evitar encasillarme en la Ilustración o colonizar un terreno más comercializable (aunque he de reconocer
que para publicar y ser invitado ha rendido más una hora invertida en
este campo que veinte en el siglo XVIII). En los literatos con aficiones metafísicas,
como Borges, he encontrado la perspectiva de totalidad que la filosofía
convencional ha perdido hace mucho tiempo. Un escritor puede pulsar al mismo
tiempo todas las cuerdas del espíritu, las de la razón y las de
la pasión, y sus inquietudes turban tanto a la inteligencia como a la
voluntad, a lo que se sabe y a lo que sólo se intuye o barrunta. Creo
que los antiguos vivían así la filosofía y que el afán
de exactitud ha sofocado buena parte del primitivo carisma. Ocurre que, al menos
en esta actividad, quien poco abarca, poco aprieta. Hemos de volver
la vista a los poetas para saborear la insensata e inaudita pretensión
de conocer todo lo que al hombre es dado conocer.» Que Arana esté acertado
o no al pensar así sería largo de discutir. Repasando los títulos
de sus artículos y los índices de sus libros hay que reconocer
que al menos ha sido coherente con la máxima de no descuidar ninguno de
los temas que preocupan a los hombres de todas las épocas, como tampoco
ninguna de las facultades que pueden conspirar con la inteligencia para apagar
un poco la sed de conocimiento.
Los
hombres de letras no han sido los únicos puntos de apoyo que ha buscado
Arana para tender un puente hacia el presente. Parte importante del trabajo realizado
en los últimos quince años tiene que ver con el seguimiento de
los científicos contemporáneos que no han perdido la sensibilidad
filosófica. Destacan las contribuciones que ha hecho a dilucidar el pensamiento
de Einstein, Schrödinger (del que ha publicado el 2001 una selección
de escritos precedidos por un amplio estudio) y los responsables de la Interpretación
de Copenhague. «Con la llegada de la mecánica cuántica, una
corriente de aire fresco entró en la física, disciplina que corría
el riesgo inminente de acartonarse. Su soplo sirvió también para
conmover un poco los cerrados postigos de las ventanas filosóficas que
dan al patio de la física. El hecho de que 80 años después
ni los científicos ni los filósofos (entre sí o por separado)
hayan sido capaces de ponerse de acuerdo sobre el significado ontológico
y epistemológico de la ya no tan nueva teoría, me parece más
esperanzador que inquietante. Hay muchas cosas que cambiar en los modelos de
mundo y conocimiento todavía vigentes. Hasta que no sean renovados en
profundidad, las paradojas cuánticas seguirán pareciendo insolubles
o mero caldo de cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, los dos colectivos coinciden
en algo, aunque sea algo tan incómodo como la perplejidad. Conviene seguir
ahondando en ella para incubar soluciones auténticas.» Arana ha
intervenido en numerosos encuentros interdisciplinares para debatir este y otros
puntos donde la ciencia y la filosofía no tienen más remedio que
encontrarse. La cosmología, ciencias del azar y la complejidad, teoría
de la evolución, biología molecular, inteligencia artificial y
neurociencias han despertado su interés, que siempre ha sido estimulado
por problemas de contenido y muy pocas veces de forma. «Nunca me ha atraído
la filosofía de la ciencia. Sólo por cansancio y resignación
he soportado a veces que me identificaran como cultivador de una disciplina que
desde el punto de vista gremial tengo vedada (pertenezco al área de conocimiento
de filosofía y no a la de lógica y filosofía
de la ciencia). Legalismos aparte, creo que los “científicos” son
tan filósofos (en el sentido genuino, pero restringido, de
la palabra) como los “filósofos” (en el sentido profesional del
vocablo), y por tanto corresponde ante todo a ellos hacer la filosofía
de ciencia. A los filósofos en sentido genuino, pero amplio, la
ciencia les viene estrecha: lo que debería preocuparles es conocer en
general, no conocer así o asá. Por tanto, las discusiones relevantes
entre científicos y filósofos son las que se plantean en el terreno
de la ontología, mejor que en el de la epistemología. Y ahí aparece
precisamente la filosofía de la naturaleza.»
La filosofía
de la naturaleza no es una materia apreciada en ámbitos académicos.
Ha sido excluida de las asignaturas troncales de la licenciatura en
filosofía, y varias facultades españolas no la contemplan en absoluto. «Formamos
parte de una especie amenazada, pero no protegida. No me extrañaría
verme sin nada que enseñar en la próxima reforma de planes de estudios.
Hace veinte años muchos colegas nos acusaban de ser algo así como
elementos residuales de la Edad Media. Hoy ya no encuentran sitio para nosotros
en ninguna época del pasado. Personalmente disfruto siendo un marginal,
me produce un gozo íntimo hacer algo que no está en boga,
por supuesto, no por el simple hecho de no estarlo, sino por lo despejados que
están los paisajes que prefiero. Tal vez por eso me he negado a subir,
en plan oportunista, a ninguno de los furgones (ecología, bioética,
tecnociencia, etc.) que han pasado cerca de mí en su ascensión
hacia lo alto del hit parade de las modas culturales. Podría,
por otro lado, tratar de reivindicar la importancia de mi trabajo, decir que
los libros filosóficos que más se ven (y se compran) en las librerías
tratan del tiempo, el espacio, la materia, la vida, la evolución, la finalidad,
el origen y fin del universo, el cerebro y la mente, etc. Podría enfatizar
el auge de lo que se ha llamado la tercera cultura. Pero soy egoísta.
Prefiero que la gente siga yendo a veranear a Benidorm y la Costa del Sol, en
lugar de desbordarse por los parajes solitarios que insensatamente desprecia.» Hay
motivos para sospechar que el despego de Arana es una mera pose. Si no ha peleado
más por el mantenimiento y consolidación de la filosofía
de la naturaleza en el ámbito académico español ha sido
por simple indolencia e incapacidad para la intriga política. Durante
más de treinta años ha explicado asignaturas de licenciatura y
cursos de doctorado relacionados con esa materia en más de una decena
de universidades de España y América. Apenas ha desaprovechado
una sola oportunidad de hablar sobre ella en congresos, simposios, cursos de
verano, ciclos de conferencias, etc. Ha editado no menos de cuatro volúmenes
colectivos sobre temas relacionados (La filosofía de los científicos, 1995, La
ciencia de los filósofos, 1996, Incertidumbre y azar, 1997, Los
filósofos y la biología, 1998) y procurado popularizar la
disciplina con las dos obras más enjundiosas de toda su producción: Claves
del conocimiento del mundo (2 vols., 1997-2000) y Materia, universo,
vida (2001).
«Tanto Claves como
su reelaboración posterior, Materia, universo, vida, han tenido
una génesis estalagmítica. He ido depositando allí todo
lo aprendido en mis lecturas, preparación de clases, discusiones con maestros,
colegas y alumnos. Si no fuera porque podría haberse hecho mucho mejor
(¡incluso yo mismo si me hubiera aplicado más!) repetiría lo que dijo Gustav Mahler a Bruno Walter
cuando éste le hizo una visita en su refugio de compositor: “No
hace falta que mires a tu alrededor: ya lo he puesto todo en mi sinfonía...” Ambicionaba
escribir un manual de la asignatura pero, ahora que casi he conseguido vender
las ediciones que han tenido ambas obras, puedo confesar que muchas de mis víctimas
se han quejado de que por culpa de su densidad se sienten al estudiarlas como
si comieran en seco un gigantesco bocadillo de anchoas.» En descargo de
Arana hay que advertir que no acata la estúpida consigna: el medio
es el mensaje. Formula el propósito de contribuir a la elaboración
de una ontología a la altura de los tiempos, superando las barreras que
el lenguaje y el hábito han opuesto al diálogo fructífero
entre todos los que de un modo u otro estudian la naturaleza. No tiene inconveniente
en asumir afirmaciones que adolecen de una previsible fecha de caducidad, porque
para él lo que hay de eterno en la filosofía no son las respuestas,
sino las preguntas. En cuanto a la certeza, cree que podemos
estar seguros de que existe la verdad que buscamos, nunca en cambio
de que la hayamos encontrado.
Las tesis
sustantivas más relevantes tienen que ver con la contraposición
entre las visiones monista y pluralista del cosmos. Deducir la realidad de un
principio único satisfará a los fanáticos de las simetrías
lógicas pero, según Arana, carecemos a priori de razones objetivas
para suponer que el mundo real corresponde a tal esquema: únicamente esperamos
que en tal caso sería más fácil de entender. Está por
ver que haya surgido para descifrarlo antes que para vivirlo.
A la hora de esbozar un diseño global es preciso formular una ecuación
en la que aparece lo que sabemos de cierto, lo que conjeturamos con alguna base
y los que presumimos sin ningún apoyo fiable. Sería estupendo estar
en condiciones de prescindir del segundo miembro de la ecuación y sobre
todo del tercero, pero entonces habría que renunciar a todo el esquema.
Lo más sensato es procurar un equilibrio en lugar de pretender que lo
que ignoramos ha de estar en función de lo que conocemos, o bien a la
inversa. Arana apuesta por la conjunción de orden y apertura, de unidad
en el fundamento y multiplicidad en el destino. El universo nació como
resultado de un proceso bien trabado y coherente, pero a lo largo de su curso
se va abriendo como un haz de divergencias, y cada vez resulta más difícil
reconducirlo a explicaciones simples y homogéneas. Este modelo ontológico
posee la virtud de integrar una cantidad nada despreciable de hechos y sugerencias
provenientes de los más diversos campos de la investigación, tanto
filosófica como científica. Un elemento capital, tomado de las
reflexiones suscitadas por la interpretación de la mecánica cuántica,
radica en la posibilidad de superar las oposiciones realismo-idealismo y empirismo-apriorismo
tal como las formuló Kant. Arana alega que gracias a Bohr, sus discípulos
y adversarios, estamos en situación de llevar a cabo una práctica
epistémica seria y realista más allá de los límites
objetivos de las representaciones tanto perceptivas como conceptuales. «Los
conceptos suelen ser humanos, demasiado humanos. La realidad que tratamos de
conocer con ellos, no. El mayor logro filosófico del siglo XX no ha sido
alcanzado por filósofos, sino que lo debemos a los físicos: cómo
acercar nuestras teorías a la verdad allá donde nuestros mejores
conceptos fracasan y sin prescindir de ellos, puesto que no hay con qué reemplazarlos.»
Aunque Arana
haya buscado entre científicos y literatos buena parte de la inspiración
para llevar a cabo su trabajo, tampoco desdeña la aportación de
los filósofos postkantianos, si bien se muestra muy restrictivo al elegirlos,
lo que tal vez constituya la limitación más onerosa de su proyecto.
Es evidente su preferencia por autores que fueron especialmente críticos
y reticentes con los dogmas filosóficos del entorno: Schopenhauer, Bergson
y muy particularmente, Popper. «Lo que más me atrae de Popper es
que, siendo un hombre de extraordinario mérito, no da la imagen del genio.
La genialidad es la peor tentación que amenaza al filósofo, y la
humildad su virtud más necesaria. La verdad no es algo que se inventa: se descubre, y
siempre a medias. Popper es tozudo, ambicioso y lleno de amor propio,
pero también incapaz de enamorarse de su propia imagen reflejada en un
espejo. La honradez intelectual compensa todas las limitaciones de que adolece.
Además, ha tenido el coraje de enfrentarse a casi todas las modas intelectuales
del siglo XX, no por afán de disentir o prurito de originalidad, sino
gracias a que supo ver con antelación lo que hoy es archievidente: casi
todos los gurús del pensamiento contemporáneo sólo son ídolos
con pies de barro. En varios momentos decisivos fue el primero en gritar: ¡El
rey va desnudo!»
El diálogo
interdisciplinar no estaría completo si sólo interviniesen en él
la filosofía, el arte y la ciencia. A la religión le corresponde
un puesto insustituible en este debate. «Las lecturas de autores ilustrados
me convencieron de que las actitudes frente a la religión fueron mucho
más complejas e interesantes de lo que las historias al uso nos cuentan.
Políticos, ideólogos y sicarios de la cultura se empeñan
en simplificar un mundo de ideas que tiene la riqueza de la más exquisita
catedral gótica.» Quizá también ocurra que proyectamos
hacia atrás los enconos del presente. Arana confiesa que sólo se
siente capaz de abordar el asunto desde perspectivas históricas. No así el
tema de Dios. «A pesar de que el ateísmo es moneda corriente entre
los intelectuales de ahora, debo confesar que filosóficamente me cuesta
considerar el problema de Dios como un problema. ¿Qué dificultad
puede haber para que esté ahí, una vez descartada la nada absoluta?
Lo verdaderamente difícil es que exista un ser limitado, como el propio
universo cuando se le despoja de atributos divinos.» Aquí Arana
da muestras de la simplicidad (¿o simplismo?) que suele ser típica
de los científicos en esta clase de temas. Cree que la única opción
seria que hay que dirimir es la de la trascendencia o inmanencia de Dios, y por
eso ha dedicado uno de sus últimos libros a arrojar algo de luz sobre
el asunto: El Dios sin rostro: presencia del panteísmo en el pensamiento
del siglo XX (2003). Si está en lo cierto al ponderar la importancia
del panteísmo, sorprende la escasa atención que ha recibido entre
los estudiosos: apenas existen trabajos monográficos y la escasez de estudios
e interpretaciones globales es todavía más acusada. Por eso se
anima a desbrozar el tema con una aproximación conceptual y varios esbozos
tipológicos, antes de centrarse en cuatro autores que sirven para ejemplificar
y discutir en concreto los principales argumentos en pro y contra: Einstein,
Schrödinger, Borges, Octavio Paz. De nuevo científicos y literatos,
quizá porque sólo ellos son capaces todavía de vivir
ideas. Los filósofos profesionales sólo pueden ya
vivir de o perderse en ellas. Con el paso de los años,
Arana va dejando atrás sus cautelas y deja clara su postura crítica
frente al panteísmo, aunque no antes de haber procurado llegar en la medida
de sus fuerzas hasta el fondo mismo del asunto.
En otro libro
más reciente, El caos del conocimiento. Del árbol de las ciencias
a la maraña del saber (2004), Arana desarrolla reflexiones que ya
hemos tenido ocasión de exponer al comentar su posición sobre la
filosofía y la cultura contemporánea. También refleja la
presencia de una veta ensayística que se ha venido incrementando en los últimos
años, como atestigua su asidua presencia en bastantes foros de pensamiento,
del que destacaremos la Escuela contemporánea de humanidades de
Madrid. Es una actividad que ha cristalizado en un cúmulo de publicaciones
recientes, aunque la voluntad de no perder la línea central de su quehacer
queda clara en el último título publicado: Los filósofos
y la libertad. Necesidad natural y autonomía de la libertad (2005).
Estamos ante un libro comprometido, pues en su mismo pórtico deja claro
que no va a conformarse con desgranar argumentos desde una pretendida neutralidad.
Arana está por la libertad, contra la táctica
de trivializarla, y muy lejos de disminuir artificialmente las dificultades que
encierra su eventual presencia. Hablamos de contraposición entre naturaleza
y libertad, y se supone que hemos de hallar ésta en el terreno menos propicio
para ella: los trasvases de materia y energía, el laberinto de la causalidad
física, la constelación inextricable de los condicionamientos,
el reino opaco de la razón suficiente. Es interesante seguir los forcejeos
de Arana con clásicos y modernos, amigos y enemigos, aliados y oponentes.
Descartes, Leibniz, Wolff, Kant, Schopenhauer, Bergson, Skinner, Popper, Dennett
son los referentes de un diálogo que transciende tiempo y espacio, y del
que lo mejor que cabe decir es que a su término consigue al menos que
las espadas sigan en alto.
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