Materiales Autobiográficos
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      Juan Arana Cañedo-Argüelles (San Adrián, Navarra, 1950). Con respecto a la filosofía Juan Arana es una vocación tardía. Ni las inquietudes de la adolescencia ni los estudios de bachillerato le animaron a considerar la posibilidad de hacerse filósofo. Sólo después de llegar a una escuela de ingeniería (integrada aún en la Universidad Complutense de Madrid) en plena efervescencia del 68 se produjo un vuelco tan completo en sus horizontes mentales, que decidió iniciar un nuevo rumbo a partir de cero. «Hasta dónde puedo recordar, el primer detonante de mi conversión a la filosofía fue una frase ocasional pronunciada por un compañero de curso en la cafetería de Caminos allá por 1969: “¡Jo, macho: me han dicho que Nietzsche no pudo ser feliz porque tenía demasiado ácido láctico (sic) en el cerebro!”» Así pues, entre las muchas razones que pueden llevar a la vida especulativa, Arana escogió una de las peores: la urgencia de resolver problemas personales, la búsqueda de asideros para encauzar su propia biografía. Es la motivación más alejada de la canónica búsqueda desinteresada del saber, la menos asimilable a la curiosidad meramente teórica. No obstante, el caso queda dignificado hasta cierto punto por el momento histórico en que se produjo: «Tengo la impresión de que, dejando aparte majaderos, doctrinarios y obcecados, casi todos los de mi generación sufrieron una crisis parecida: el mundo de las creencias tradicionales se deshacía ante nuestros ojos como el papel en una hoguera. Ya no servían las seguridades de nuestros mayores e intentábamos desesperadamente encontrar otras. En el colegio mayor Aquinas de Madrid, donde residí año y medio, eran bastantes los que sufrían aquella agonía. Hablando en general, no hemos sabido resolver el problema y ello explica, creo, mucho de lo que hoy ocurre.»
            En enero de 1970 Arana regresa a su provincia de origen y empieza a cursar por libre la carrera de filosofía y letras en la Universidad de Navarra, obteniendo la licenciatura en 1974. «Mi formación humanística era más que deficiente y apenas llegué a tapar las lagunas más notorias. Por lo que concierne a la filosofía, me sentí incómodo por la forma especializada y autárquica en que solía exponerse. Conquistó mi respeto pero no mi adhesión la seriedad de los planteamientos aristotélico-tomistas que defendía el profesor García López. Me atrajo el desenfado discretamente escéptico del profesor Pérez Ballestar, con quien llegué a proyectar una tesina sobre Ernst Cassirer. Pero el hecho más decisivo de aquellos años fue el encuentro con el profesor Leonardo Polo. Nunca he sido capaz de descifrar por completo las profundidades de su pensamiento y he tenido que conformarme con retazos aislados del magisterio que impartía, con los que sin embargo consideré ampliamente pagados mis esfuerzos. Lo más fascinante de él era el pathos vital que encarnaba. Tras escucharle era imposible cuestionar que la indagación filosófica fuera algo importante y genuino. No puedo considerarme su discípulo en ningún punto sustantivo, pero he aprendido de él algo más importante que una doctrina: el ejemplo de una existencia consagrada de lleno al empeño teórico, la convicción de que es una apuesta vital que merece la pena.»
            En diciembre de 1975 Arana se incorpora como encargado de curso y becario de investigación a la Universidad de Sevilla, donde se había empezado a implantar la licenciatura de filosofía pura. Trabajó bajo la dirección de Jesús Arellano. «Con el profesor Arellano me ha ocurrido hasta cierto punto lo mismo que con el profesor Polo: la sintonía no se ha producido en el ámbito de los contenidos sino en el de las actitudes. Siempre admiraré la de dedicación de Arellano cuando atendía a los alumnos, su decisión inquebrantable de unir lo que se piensa con lo que se hace. Estaba situado en las antípodas de lo que sabemos, por ejemplo, de Max Scheler. Puesto que la filosofía no sirve para hacer cosas, si tampoco es apta para modular la existencia humana —empezando por la propia—, entonces no sirve absolutamente para nada.» Arana intervino activamente en la creación de la actual facultad de filosofía de la Universidad de Sevilla, desempeñando diversos cargos administrativos e impartiendo toda clase de asignaturas. «Los egresados en la década de los 70 han conocido unas circunstancias singulares a la hora de incorporarse a la Universidad. Antes y después de esta época la dificultad siempre estuvo en obtener un puesto vacante, para lo que era y es preceptivo reunir grandes méritos académicos y de investigación. En cambio, la explosión demográfica de los 50/60 provocó dos décadas después un crecimiento exponencial de plazas provisionales, que fueron cubiertas deprisa y corriendo. Esto nos dio a muchos la oportunidad de oro, pero también hipotecó nuestros currícula: en los años que debiéramos haber salido al extranjero, aprendido el oficio de investigador, establecido conexiones académicas, publicado según el estándar más deseable, estábamos preparando y explicando nuevos programas cada año, atendíamos avalanchas de alumnos apenas más jóvenes que nosotros, llevábamos el peso administrativo de los departamentos y las facultades. Los servicios prestados sirvieron luego para obtener ciertas ventajas en los concursos de provisión de plazas fijas, lo que dio lugar al tapón que obstaculizará la renovación de la Universidad hasta el año 2020. Para los que no nos conformamos con ser simples funcionarios esto supuso una tensión añadida: hemos tenido que luchar contra la tentación permanente de arrojar la toalla.» Estamos, en efecto, ante un caso representativo: durante el período 1975-1982 Arana compatibiliza la dedicación universitaria con cuatro años de desempeño profesional en enseñanza media (gana las correspondientes oposiciones en 1977), así como con la elaboración de la tesis y los balbucientes inicios de una carrera investigadora. En 1982 consigue ingresar como profesor adjunto numerario de universidad (historia de la filosofía). «Cuando conseguí la anhelada estabilidad profesional, tenía clara conciencia de que mi formación era manifiestamente mejorable. Decidí que, aunque tal vez demasiado viejo, debía salir fuera, estudiar en serio, mejorar mis conocimientos instrumentales. Debo todo lo que conseguí al apoyo de mi mujer, cuya propia promoción académica se retrasó de modo apreciable por ello.»
            Arana obtiene en 1984 una beca Humboldt que le permite trabajar durante 15 meses en Mannheim, Münster y Erlangen. Más tarde realiza estancias prolongadas en Friburgo, Maguncia, Münster, Munich y Berlín, con el apoyo y asesoramiento, entre otros, de los profesores Kaulbach, Inciarte y Saame. Durante el curso 1992-93 trabaja como profesor invitado en la Universidad de Paris IV, teniendo como anfitrión al profesor Grimaldi. En 1986 gana la cátedra de filosofía de la naturaleza de la Universidad de Sevilla, en la que permanece hasta hoy.
            En lo tocante a orientaciones doctrinales y métodos, Arana debe ser considerado un autodidacta. Lo que entiende por filosofía no ha sido aprendido de maestros o escuelas; resulta de la decisión de consagrarse a ella por sentirse insatisfecho con los estudios científico-tecnológicos y verse afectado por el desmoronamiento de los valores culturales heredados. La convicción que unifica su trayectoria intelectual es que el filósofo no es alguien que cultiva una disciplina particular, o que elabora un tipo diferenciado de conocimiento, o que adopta ante los problemas una postura específica —llamémosla teorética— encaminada a solucionarlos «a su aire», según hechuras exclusivas. «Defiendo que filósofo es el que no mediatiza su búsqueda con particularismos, el que no desdeña ninguna respuesta plausible, pero tampoco se aquieta mientras atisbe la virtualidad de encontrar otras.» Según esto, la filosofía no es un saber entre otros saberes, sino el propósito insobornable de integrar todos ellos en la síntesis más amplia posible. Frente a los que la distinguen con minuciosidad de la ciencia, la literatura, el arte o la religión, Arana se suma a los que prefieren contaminarla con todas las aportaciones capaces de enriquecer nuestro exiguo acervo cognoscitivo. Su ideal no es la filosofía pura, sino la indagación mestiza. Lo cual conlleva un indudable riesgo de caos intelectual. Para conjurarlo Arana elige el método y la razón, no tanto para defender las fronteras de la filosofía frente a ingerencias extrañas, cuanto para tratar de mantener el mínimo orden indispensable en este reino de puertas abiertas. Las ideas clave de este proyecto son interdisciplinariedad e integración orgánica. De ahí la escasa inclinación que siente hacia corrientes que considera (habría que discutir si con justicia) demasiado encerradas en especializaciones restrictivas, como la filosofía analítica, la fenomenología o la hermenéutica, así como su rechazo de planteamientos que practican el desmembramiento quirúrgico de los sistemas teóricos, como —por ejemplo— los que defienden que la metafísica de Aristóteles no tiene nada que ver —y por tanto puede sobrevivir a— su física (Arana mantendría probablemente que es más plausible que sobreviva el espíritu aristotélico encarnándose en una metafísica y una física renovadas).
            Se trata, en definitiva, de ser fiel a la vocación omnicomprensiva que caracterizó la filosofía desde Tales hasta Kant. No es casual que el primer artículo publicado por Arana verse sobre Wolff, el último filósofo enciclopédico. Más que encomiar sus indudables méritos intenta diagnosticar las causas de la agonía de la tradición que representa. También es revelador que su tesis doctoral se centre en el problema de la unidad del conocimiento durante los siglos XVII y XVIII (es una tesis que en gran parte y con buen criterio ha quedado inédita). Entre 1975 y 1985 la investigación de Arana gira alrededor de la figura de Kant. «Mientras que un amplio sector de la filosofía posterior se elabora a espaldas de la ciencia, Kant detectó la importancia de lo que Galileo, Newton y otros habían conseguido realizar y concluyó que era menester dar razón desde el terreno de los principios de aquel nuevo estilo de filosofar, así como extraer las consecuencias oportunas con respecto al viejo estilo. Lo lamentable es que el grandioso proyecto de Kant se saldara con un rotundo fracaso, del que no hemos sabido reponernos todavía. Aquí está la raíz del divorcio entre ciencia y filosofía. De todos modos, el personaje me sigue atrayendo y no lamento haberlo tenido como refugio durante diez años cuando lograba hurtarme a las frustrantes obligaciones político-administrativas.» Aquel trabajo dio lugar a varios artículos, el libro Ciencia y metafísica en el Kant precrítico (1982) y la edición comentada de los Pensamientos sobre las fuerzas vivas (1988).
            La atención de Arana pronto quedó centrada en la etapa precrítica de Kant, porque es entonces cuando el filósofo intenta sin desmayo —pero infructuosamente— hacerse cargo de los resultados y posibilidades de la nueva física matemática y ensaya varias fórmulas para filosofar en diálogo con ella. La Crítica de la razón pura constituye —en opinión de Arana— un intento de demostrar que lo que Kant no ha conseguido, no lo puede conseguir nadie. Sin embargo, el filósofo alemán tampoco había partido de la mejor situación concebible para efectuar la crucial tarea que abordó: su metafísica y —lo que es más grave— su gnoseología estaban demasiado condicionadas por Wolff, mientras que el conocimiento que tenía de la cosmología, física y matemáticas de la época era francamente deficiente. En un exhaustivo comentario (que ocupa 290 páginas de las 476 del libro) a su traducción de la primera obra kantiana, rastrea Arana las raíces de la formación físico-matemática del pensador prusiano para determinar los límites de su aptitud como científico y filósofo de la ciencia. Las conclusiones son pesimistas: Kant no sólo ignoraba aspectos cruciales de la investigación y los métodos de cálculo, sino que se formó una imagen de la ciencia muy mediatizada, influida en puntos decisivos más por Descartes y un Leibniz wolffianizado que por Newton. De ahí la idea de una física pura como saber apodíctico, patrón forzado al que pretende someter la metafísica en la elaboración definitiva de su sistema. «Con una ingenuidad que hoy me enternece, traté de hacer valer mis argumentos en algunas reuniones de intérpretes del kantismo. Descubrí con asombro que a casi nadie importaba un bledo aquellas deficiencias del primer Kant. Todos estaban encantados con la opulencia especulativa y arquitectónica de su obra posterior. Así que olvidé mis sueños de revoluciones hermenéuticas y publiqué sin alharacas mis libros —el principal de los cuales no creo haya sido leído por más de media docena de personas—, dándome por satisfecho con la luz que su redacción me había aportado, sin olvidar la ayuda que me prestaron en la obtención de una cátedra.»
            Es interesante tener donde sentarse, pero permanecer demasiado tiempo sentado puede resultar tedioso. Ahondar en las raíces del proceso histórico de separación entre ciencia y filosofía demostró ser en el caso de Arana rentable desde el punto de vista académico y perfectamente irrelevante a la hora de contabilizar repercusiones. «Estudiar a Musschenbroek, Haller, Bernoulli, Lambert o 'sGravesande no es la mejor forma de hacerse famoso en el ámbito intelectual hispánico. Pero lo que había detrás de todos esos nombres obscuros me interesaba y quise darme el lujo de consagrarles algunos de mis mejores años.» Convencido de que la propuesta kantiana cierra el paso a cualquier planteamiento fructífero de las relaciones ciencia-filosofía, busca en otros autores de la época alternativas más prometedoras, primero en el siglo XVIII y más tarde en el XVII. Esta orientación es prioritaria en su trabajo durante los años 1989-1999. Resultan de ello un par de decenas de artículos y traducciones, así como tres monografías: Apariencia y Verdad. Estudio sobre la filosofía de P.L.M. de Maupertuis (1990), La mecánica y el espíritu. Leonhard Euler y los orígenes del dualismo contemporáneo (1994) y Las raíces ilustradas del conflicto entre fe y razón (1999).
            «Escribir sobre Maupertuis ha sido la experiencia intelectual más gratificante de mi vida: descubrí que quien determinó la forma exacta del globo terráqueo, la persona que propició el triunfo definitivo de la física newtoniana en el continente, el responsable de la entrada de la Ilustración en Alemania, fue también un pensador integral, un cultivador del sentido prístino de la filosofía inmediatamente antes de que Kant lo arruinara quizá para siempre. Me interesó mucho el hecho de que, siendo un empirista tan radical como Hume, encontrara no obstante la forma de elaborar una ética, una metafísica y hasta una teodicea. Evitó el callejón sin salida de las certezas incontrovertibles y exploró con toda seriedad una epistemología del riesgo, que me sigue pareciendo el único camino prometedor para romper el punto muerto en que se halla la filosofía. Cuando acabé el libro estaba tan contento que me consideré amortizado como inversión y decidí emprender un safari fotográfico en Kenia.» En el índice de esta obra se emparejan y contraponen disciplinas poco acostumbradas a dialogar entre sí: matemática y teoría del conocimiento, astrofísica y epistemología, mecánica y metafísica, biología y ética...
            El libro sobre Euler explora en cambio el mundo de las controversias dieciochescas, la insatisfacción creciente de los científicos por la evolución de una filosofía que les ignoraba y se alejaba cada vez más de las inquietudes básicas del hombre. «Los filósofos profesionales empezaron a encerrarse en las universidades o a cultivar de modo exclusivo los centros de poder que controlan la difusión del pensamiento. Entre los científicos la llama filosófica arde por un tiempo de un modo más cabal, hasta que la especialización y la prepotencia acaban también por apagarla. Simpatizo con Euler debido al hecho de que se jugó su prestigio y carrera por combatir una filosofía que creía equivocada (la de Wolff), y me asombra su logro de conseguir que se hablara de las mónadas hasta en los cuerpos de guardia y los salones elegantes.»
            El signo más evidente de la ya incipiente decadencia de la filosofía es su pérdida de peso específico en la contraposición de razón (cada vez más monopolizada por la nueva ciencia) y fe (dejada como patrimonio exclusivo de los espíritus piadosos). El libro sobre el debate religioso de la época llama la atención sobre las líneas maestras de una controversia que en muchos aspectos estaba más viva en la calle que en los medios eruditos. «Suele decirse que el XVIII es el siglo de los filósofos, pero los filósofos “oficiales” estaban demasiado ocupados en llamar la atención sobre sí. Me parece que sería más justo llamarlo el siglo de la filosofía, porque muchos que no eran filósofos de oficio la vivían con una pasión y sinceridad que merece la pena redescubrir leyendo escritos olvidados de aquel tiempo.»
            El término natural de este proceso de vuelta atrás para buscar los gérmenes de la fragmentación intelectual de la cultura occidental está en el Barroco. «Ya había estudiado a Galileo, Descartes, Newton y Leibniz en la tesis. Pero tras examinar más a fondo la época de la Ilustración la importancia del pensamiento leibniziano me pareció agigantarse. No solamente fue el último hombre de un saber y creatividad sin restricciones: es quien más en serio ha planteado nunca las relaciones interdisciplinares y el único en otorgar a la palabra cosmopolita un sentido transuniversal y no meramente planetario.» Arana realiza una edición de sus Escritos de dinámica (1991) y publica varios trabajos sobre el pensador sajón y otras figuras de su tiempo. Es llamativo el contraste que se da en estos trabajos: se ha ocupado preferentemente de los grandes del siglo XVII, mientras que en el XVIII prefiere fijarse en líneas truncadas, proyectos que no llegaron a fraguar o que carecieron de proyección ulterior. Es como si pensara que a un siglo de promesas siguió otro de oportunidades perdidas. En todo caso, está claro que Arana nunca ha sido un historiógrafo, aunque se haya entretenido con lo que algunos considerarían minucias históricas. «Para ser un erudito cabal me falta rigor y me sobra impaciencia. Siempre he buscado en la historia soluciones o vías para solucionar el enigma que me plantearon en un bar cuando tenía 19 años.»
            Desde el año 1999 Arana ha dejado de centrar sus trabajos en el binomio Leibniz-Kant para buscar horizontes más amplios sin dejar por ello de ceñirse a las líneas maestras de su proyecto filosófico. Ya desde el año 1992 había iniciado una línea paralela de investigación sobre las relaciones entre filosofía y literatura, en la que destaca la atención prestada a Jorge Luis Borges, sobre quien ya ha publicado más de una docena de artículos y dos libros: El centro del laberinto: Los motivos filosóficos en la obra de Borges (1994) y La eternidad de lo efímero. Ensayos sobre Jorge Luis Borges (2000). También ha tratado otros escritores, especialmente hispanoamericanos, como Octavio Paz y Nicolás Gómez Dávila. «Hubiera sido tonto volverme a la literatura tan sólo para evitar encasillarme en la Ilustración o colonizar un terreno más comercializable (aunque he de reconocer que para publicar y ser invitado ha rendido más una hora invertida en este campo que veinte en el siglo XVIII). En los literatos con aficiones metafísicas, como Borges, he encontrado la perspectiva de totalidad que la filosofía convencional ha perdido hace mucho tiempo. Un escritor puede pulsar al mismo tiempo todas las cuerdas del espíritu, las de la razón y las de la pasión, y sus inquietudes turban tanto a la inteligencia como a la voluntad, a lo que se sabe y a lo que sólo se intuye o barrunta. Creo que los antiguos vivían así la filosofía y que el afán de exactitud ha sofocado buena parte del primitivo carisma. Ocurre que, al menos en esta actividad, quien poco abarca, poco aprieta. Hemos de volver la vista a los poetas para saborear la insensata e inaudita pretensión de conocer todo lo que al hombre es dado conocer.» Que Arana esté acertado o no al pensar así sería largo de discutir. Repasando los títulos de sus artículos y los índices de sus libros hay que reconocer que al menos ha sido coherente con la máxima de no descuidar ninguno de los temas que preocupan a los hombres de todas las épocas, como tampoco ninguna de las facultades que pueden conspirar con la inteligencia para apagar un poco la sed de conocimiento.
             Los hombres de letras no han sido los únicos puntos de apoyo que ha buscado Arana para tender un puente hacia el presente. Parte importante del trabajo realizado en los últimos quince años tiene que ver con el seguimiento de los científicos contemporáneos que no han perdido la sensibilidad filosófica. Destacan las contribuciones que ha hecho a dilucidar el pensamiento de Einstein, Schrödinger (del que ha publicado el 2001 una selección de escritos precedidos por un amplio estudio) y los responsables de la Interpretación de Copenhague. «Con la llegada de la mecánica cuántica, una corriente de aire fresco entró en la física, disciplina que corría el riesgo inminente de acartonarse. Su soplo sirvió también para conmover un poco los cerrados postigos de las ventanas filosóficas que dan al patio de la física. El hecho de que 80 años después ni los científicos ni los filósofos (entre sí o por separado) hayan sido capaces de ponerse de acuerdo sobre el significado ontológico y epistemológico de la ya no tan nueva teoría, me parece más esperanzador que inquietante. Hay muchas cosas que cambiar en los modelos de mundo y conocimiento todavía vigentes. Hasta que no sean renovados en profundidad, las paradojas cuánticas seguirán pareciendo insolubles o mero caldo de cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, los dos colectivos coinciden en algo, aunque sea algo tan incómodo como la perplejidad. Conviene seguir ahondando en ella para incubar soluciones auténticas.» Arana ha intervenido en numerosos encuentros interdisciplinares para debatir este y otros puntos donde la ciencia y la filosofía no tienen más remedio que encontrarse. La cosmología, ciencias del azar y la complejidad, teoría de la evolución, biología molecular, inteligencia artificial y neurociencias han despertado su interés, que siempre ha sido estimulado por problemas de contenido y muy pocas veces de forma. «Nunca me ha atraído la filosofía de la ciencia. Sólo por cansancio y resignación he soportado a veces que me identificaran como cultivador de una disciplina que desde el punto de vista gremial tengo vedada (pertenezco al área de conocimiento de filosofía y no a la de lógica y filosofía de la ciencia). Legalismos aparte, creo que los “científicos” son tan filósofos (en el sentido genuino, pero restringido, de la palabra) como los “filósofos” (en el sentido profesional del vocablo), y por tanto corresponde ante todo a ellos hacer la filosofía de ciencia. A los filósofos en sentido genuino, pero amplio, la ciencia les viene estrecha: lo que debería preocuparles es conocer en general, no conocer así o asá. Por tanto, las discusiones relevantes entre científicos y filósofos son las que se plantean en el terreno de la ontología, mejor que en el de la epistemología. Y ahí aparece precisamente la filosofía de la naturaleza
            La filosofía de la naturaleza no es una materia apreciada en ámbitos académicos. Ha sido excluida de las asignaturas troncales de la licenciatura en filosofía, y varias facultades españolas no la contemplan en absoluto. «Formamos parte de una especie amenazada, pero no protegida. No me extrañaría verme sin nada que enseñar en la próxima reforma de planes de estudios. Hace veinte años muchos colegas nos acusaban de ser algo así como elementos residuales de la Edad Media. Hoy ya no encuentran sitio para nosotros en ninguna época del pasado. Personalmente disfruto siendo un marginal, me produce un gozo íntimo hacer algo que no está en boga, por supuesto, no por el simple hecho de no estarlo, sino por lo despejados que están los paisajes que prefiero. Tal vez por eso me he negado a subir, en plan oportunista, a ninguno de los furgones (ecología, bioética, tecnociencia, etc.) que han pasado cerca de mí en su ascensión hacia lo alto del hit parade de las modas culturales. Podría, por otro lado, tratar de reivindicar la importancia de mi trabajo, decir que los libros filosóficos que más se ven (y se compran) en las librerías tratan del tiempo, el espacio, la materia, la vida, la evolución, la finalidad, el origen y fin del universo, el cerebro y la mente, etc. Podría enfatizar el auge de lo que se ha llamado la tercera cultura. Pero soy egoísta. Prefiero que la gente siga yendo a veranear a Benidorm y la Costa del Sol, en lugar de desbordarse por los parajes solitarios que insensatamente desprecia.» Hay motivos para sospechar que el despego de Arana es una mera pose. Si no ha peleado más por el mantenimiento y consolidación de la filosofía de la naturaleza en el ámbito académico español ha sido por simple indolencia e incapacidad para la intriga política. Durante más de treinta años ha explicado asignaturas de licenciatura y cursos de doctorado relacionados con esa materia en más de una decena de universidades de España y América. Apenas ha desaprovechado una sola oportunidad de hablar sobre ella en congresos, simposios, cursos de verano, ciclos de conferencias, etc. Ha editado no menos de cuatro volúmenes colectivos sobre temas relacionados (La filosofía de los científicos, 1995, La ciencia de los filósofos, 1996, Incertidumbre y azar, 1997, Los filósofos y la biología, 1998) y procurado popularizar la disciplina con las dos obras más enjundiosas de toda su producción: Claves del conocimiento del mundo (2 vols., 1997-2000) y Materia, universo, vida (2001).
            «Tanto Claves como su reelaboración posterior, Materia, universo, vida, han tenido una génesis estalagmítica. He ido depositando allí todo lo aprendido en mis lecturas, preparación de clases, discusiones con maestros, colegas y alumnos. Si no fuera porque podría haberse hecho mucho mejor (¡incluso yo mismo si me hubiera aplicado más!) repetiría lo que dijo Gustav Mahler a Bruno Walter cuando éste le hizo una visita en su refugio de compositor: “No hace falta que mires a tu alrededor: ya lo he puesto todo en mi sinfonía...” Ambicionaba escribir un manual de la asignatura pero, ahora que casi he conseguido vender las ediciones que han tenido ambas obras, puedo confesar que muchas de mis víctimas se han quejado de que por culpa de su densidad se sienten al estudiarlas como si comieran en seco un gigantesco bocadillo de anchoas.» En descargo de Arana hay que advertir que no acata la estúpida consigna: el medio es el mensaje. Formula el propósito de contribuir a la elaboración de una ontología a la altura de los tiempos, superando las barreras que el lenguaje y el hábito han opuesto al diálogo fructífero entre todos los que de un modo u otro estudian la naturaleza. No tiene inconveniente en asumir afirmaciones que adolecen de una previsible fecha de caducidad, porque para él lo que hay de eterno en la filosofía no son las respuestas, sino las preguntas. En cuanto a la certeza, cree que podemos estar seguros de que existe la verdad que buscamos, nunca en cambio de que la hayamos encontrado.
            Las tesis sustantivas más relevantes tienen que ver con la contraposición entre las visiones monista y pluralista del cosmos. Deducir la realidad de un principio único satisfará a los fanáticos de las simetrías lógicas pero, según Arana, carecemos a priori de razones objetivas para suponer que el mundo real corresponde a tal esquema: únicamente esperamos que en tal caso sería más fácil de entender. Está por ver que haya surgido para descifrarlo antes que para vivirlo. A la hora de esbozar un diseño global es preciso formular una ecuación en la que aparece lo que sabemos de cierto, lo que conjeturamos con alguna base y los que presumimos sin ningún apoyo fiable. Sería estupendo estar en condiciones de prescindir del segundo miembro de la ecuación y sobre todo del tercero, pero entonces habría que renunciar a todo el esquema. Lo más sensato es procurar un equilibrio en lugar de pretender que lo que ignoramos ha de estar en función de lo que conocemos, o bien a la inversa. Arana apuesta por la conjunción de orden y apertura, de unidad en el fundamento y multiplicidad en el destino. El universo nació como resultado de un proceso bien trabado y coherente, pero a lo largo de su curso se va abriendo como un haz de divergencias, y cada vez resulta más difícil reconducirlo a explicaciones simples y homogéneas. Este modelo ontológico posee la virtud de integrar una cantidad nada despreciable de hechos y sugerencias provenientes de los más diversos campos de la investigación, tanto filosófica como científica. Un elemento capital, tomado de las reflexiones suscitadas por la interpretación de la mecánica cuántica, radica en la posibilidad de superar las oposiciones realismo-idealismo y empirismo-apriorismo tal como las formuló Kant. Arana alega que gracias a Bohr, sus discípulos y adversarios, estamos en situación de llevar a cabo una práctica epistémica seria y realista más allá de los límites objetivos de las representaciones tanto perceptivas como conceptuales. «Los conceptos suelen ser humanos, demasiado humanos. La realidad que tratamos de conocer con ellos, no. El mayor logro filosófico del siglo XX no ha sido alcanzado por filósofos, sino que lo debemos a los físicos: cómo acercar nuestras teorías a la verdad allá donde nuestros mejores conceptos fracasan y sin prescindir de ellos, puesto que no hay con qué reemplazarlos.»
            Aunque Arana haya buscado entre científicos y literatos buena parte de la inspiración para llevar a cabo su trabajo, tampoco desdeña la aportación de los filósofos postkantianos, si bien se muestra muy restrictivo al elegirlos, lo que tal vez constituya la limitación más onerosa de su proyecto. Es evidente su preferencia por autores que fueron especialmente críticos y reticentes con los dogmas filosóficos del entorno: Schopenhauer, Bergson y muy particularmente, Popper. «Lo que más me atrae de Popper es que, siendo un hombre de extraordinario mérito, no da la imagen del genio. La genialidad es la peor tentación que amenaza al filósofo, y la humildad su virtud más necesaria. La verdad no es algo que se inventa: se descubre, y siempre a medias. Popper es tozudo, ambicioso y lleno de amor propio, pero también incapaz de enamorarse de su propia imagen reflejada en un espejo. La honradez intelectual compensa todas las limitaciones de que adolece. Además, ha tenido el coraje de enfrentarse a casi todas las modas intelectuales del siglo XX, no por afán de disentir o prurito de originalidad, sino gracias a que supo ver con antelación lo que hoy es archievidente: casi todos los gurús del pensamiento contemporáneo sólo son ídolos con pies de barro. En varios momentos decisivos fue el primero en gritar: ¡El rey va desnudo!»
            El diálogo interdisciplinar no estaría completo si sólo interviniesen en él la filosofía, el arte y la ciencia. A la religión le corresponde un puesto insustituible en este debate. «Las lecturas de autores ilustrados me convencieron de que las actitudes frente a la religión fueron mucho más complejas e interesantes de lo que las historias al uso nos cuentan. Políticos, ideólogos y sicarios de la cultura se empeñan en simplificar un mundo de ideas que tiene la riqueza de la más exquisita catedral gótica.» Quizá también ocurra que proyectamos hacia atrás los enconos del presente. Arana confiesa que sólo se siente capaz de abordar el asunto desde perspectivas históricas. No así el tema de Dios. «A pesar de que el ateísmo es moneda corriente entre los intelectuales de ahora, debo confesar que filosóficamente me cuesta considerar el problema de Dios como un problema. ¿Qué dificultad puede haber para que esté ahí, una vez descartada la nada absoluta? Lo verdaderamente difícil es que exista un ser limitado, como el propio universo cuando se le despoja de atributos divinos.» Aquí Arana da muestras de la simplicidad (¿o simplismo?) que suele ser típica de los científicos en esta clase de temas. Cree que la única opción seria que hay que dirimir es la de la trascendencia o inmanencia de Dios, y por eso ha dedicado uno de sus últimos libros a arrojar algo de luz sobre el asunto: El Dios sin rostro: presencia del panteísmo en el pensamiento del siglo XX (2003). Si está en lo cierto al ponderar la importancia del panteísmo, sorprende la escasa atención que ha recibido entre los estudiosos: apenas existen trabajos monográficos y la escasez de estudios e interpretaciones globales es todavía más acusada. Por eso se anima a desbrozar el tema con una aproximación conceptual y varios esbozos tipológicos, antes de centrarse en cuatro autores que sirven para ejemplificar y discutir en concreto los principales argumentos en pro y contra: Einstein, Schrödinger, Borges, Octavio Paz. De nuevo científicos y literatos, quizá porque sólo ellos son capaces todavía de vivir ideas. Los filósofos profesionales sólo pueden ya vivir de o perderse en ellas. Con el paso de los años, Arana va dejando atrás sus cautelas y deja clara su postura crítica frente al panteísmo, aunque no antes de haber procurado llegar en la medida de sus fuerzas hasta el fondo mismo del asunto.
            En otro libro más reciente, El caos del conocimiento. Del árbol de las ciencias a la maraña del saber (2004), Arana desarrolla reflexiones que ya hemos tenido ocasión de exponer al comentar su posición sobre la filosofía y la cultura contemporánea. También refleja la presencia de una veta ensayística que se ha venido incrementando en los últimos años, como atestigua su asidua presencia en bastantes foros de pensamiento, del que destacaremos la Escuela contemporánea de humanidades de Madrid. Es una actividad que ha cristalizado en un cúmulo de publicaciones recientes, aunque la voluntad de no perder la línea central de su quehacer queda clara en el último título publicado: Los filósofos y la libertad. Necesidad natural y autonomía de la libertad (2005). Estamos ante un libro comprometido, pues en su mismo pórtico deja claro que no va a conformarse con desgranar argumentos desde una pretendida neutralidad. Arana está por la libertad, contra la táctica de trivializarla, y muy lejos de disminuir artificialmente las dificultades que encierra su eventual presencia. Hablamos de contraposición entre naturaleza y libertad, y se supone que hemos de hallar ésta en el terreno menos propicio para ella: los trasvases de materia y energía, el laberinto de la causalidad física, la constelación inextricable de los condicionamientos, el reino opaco de la razón suficiente. Es interesante seguir los forcejeos de Arana con clásicos y modernos, amigos y enemigos, aliados y oponentes. Descartes, Leibniz, Wolff, Kant, Schopenhauer, Bergson, Skinner, Popper, Dennett son los referentes de un diálogo que transciende tiempo y espacio, y del que lo mejor que cabe decir es que a su término consigue al menos que las espadas sigan en alto.

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